En una hora y media por la autopista, que primero sigue por el interior y desde Sámano y Castro Urdiales con bellas vistas sobre la costa cántabra, hasta cerca de Bilbao (Bilbo), la capital de Vizcaya y del País Vasco, que desde finales de los años 90 ha cambiado completamente de imagen. Con la construcción del Museo Guggenheim, obra emblemática del arquitecto Frank O. Gehry, formado por 10 cuerpos de piedra calcárea y los otros 10 de vidrio y titanio que recuerdan a veces un barco y otras una rosa abierta, de la torre Iberdrola y otros edificios, así como de los puentes Euskalduna, de la Salve y Zubizuri del arquitecto Santiago Calatrava y del Ayuntamiento, de un tranvía y del ajardinamiento de los márgenes de la ría, este sector de la ciudad ha dejado el aspecto absolutamente oscuro que tenía cuando había los Altos Hornos y ha llevado vida hacia la plaza de Unamuno y lo que se conoce como las 7 calles, llenas de tascas y comercios, y la plaza Nueva, donde comemos unos pinchos con una familia de Arizona.
En este paseo a pié de ida y vuelta no oigo a nadie que hable en vasco, y cuando de regreso subiendo al ascensor del puente le pregunto a una señora, que resulta que es rumana, me dice que sí que se habla bastante, y ella una poco.
Ya no tenemos tiempo para visitar el museo, pero un compañero dice que vale la pena y que las exposiciones de Eduardo Serra i de la escuela de Viena están muy bien. La librería, también, y permite hacerse una buena idea de la complejidad y riqueza del arte contemporáneo.
Y de aquí hasta Zaragoza, donde llegamos después de 12 horas de viaje y de haber recorrido 445 km desde el mar Cantábrico a la capital de Aragón, que atraviesa un río Ebro de color verdoso por los aguaceros de los días anteriores en la cuenca de su afluente el Gállego.
©Joan B. Fort Olivella
Atlixco, 19 de diciembre de 2012.
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